A borbotones
entra en carne blanda,
a quemarropa.
Ya ni el llanto lo arranca,
ni las manos
que urgan la herida
ajironando.
Oye trinar el mirlo blanco,
que sale volando.
Todo parece seguir vivo.
Porque hay heridas
que no desangran.
Y cuando al fin
encuentran el proyectil,
ya es tarde:
la bala aprendió a latir.
